Había llegado a las
oficinas de Catastro faltando 15 minutos para las 7 de la mañana, como de
costumbre. Se tomó un tinto negro azabache pero lo despertó más el quemón que
la cafeína. Hizo la fila como siempre, como un experto, y vendió el primer
turno antes de lo esperado. Don Joaquín iba vestido de traje azul oscuro,
sweater abotonado, y una boina escocesa de su colección especial. Llevaba el bigote cortado milimétricamente y pero con las canas espolvoreadas y repartidas entre la selva sin ninguna rigurosidad, como si estuvieran allí por accidente. Pero no era así. Se paraba
erguido y con las manos atadas detrás de la espalda, para no cansarse y durar
hasta el cierre. Un joven que por lo menos tendría unos 50 años menos que él,
le preguntó si le podía guardar el puesto mientras iba por una fotocopia que había olvidado sacar. –“De acuerdo, pero le vale $1.200 pesos”. –“¿Me va a cobrar
por cuidarme el puesto?”, -“No es cualquier cosa joven, yo soy el mejor para eso y le garantizo que a su puesto no le va a pasar nada”. – “Pero
señor, es un puesto, ¿Qué le va a pasar?”. – “JA! Si usted supiera, hasta las
peores cosas." - Dijo Don Joaquín reacio a dar más explicaciones, pero consciente de que no tendría más remedio que hacerlo porque el joven tenía ojos ávidos y un silencio terco de esos que sacan información con la incomodidad a dos manos. Así que Don Joaquin, mirando al piso le agarró el brazo como lo hacen todos los viejos que han perdido mucho: con imperiosa necesidad. Se le acercó al oído y le dijo en un susurro: "Cuando estaba haciendo la fila en el cielo yo también me fui a sacar
una fotocopia que me faltaba. Y cuando volví ya me habían resucitado”.
Tuesday, August 11, 2015
Monday, August 3, 2015
Autoescribirse para hacerse entender
Estoy aquí hoy, para decirte que te perdono todo. Te perdono realmente, como un tablero que se borra profundo y no deja ver qué hubo antes, porque el antes ya no importa. Ya te perdoné.
No importa quién fuiste, ni qué hiciste, ni qué me hiciste a mí. Ya te perdoné todo, los golpes, los pensamientos crueles, los arañazos, las palabras dolorosas, las borré de mi tablero para siempre.
Mírame a los ojos, de verde a verde y entiende que mi amor por ti dicta mi capacidad para perdonarte. Y si te vuelves a equivocar, mi amor me permitirá perdonarte de nuevo. Perdonarte hasta el infinito. Porque si yo no te perdono, tu no existes más y un mundo donde tú no estás, no es un buen mundo, y no lograría ser jamás el lugar maravilloso que podría ser con tu par de pies, grandes pies, sobre la tierra. Con este perdón que recuerda sin rabias ni angustias, qué fue lo que perdonó, nos vamos a ir a un paraíso, donde sonreiremos desde adentro porque habernos conocido fue lo mejor que nos pudo pasar en la vida.
Estoy aquí hoy para decirme que me perdono todo, que me perdono las palabras más horribles que me he dicho en el silencio y que aunque sé que tengo los pies grandes, los amo y ese amor es el que me permite estar aquí, perdonándome. Me voy a ir vivir conmigo a un paraíso, y voy a sonreír porque sabré que haber nacido en esta piel fue lo mejor que me pudo pasar en la vida. Aunque me vuelva a equivocar mañana, me volveré a perdonar mientras viva, y si me muero también me lo perdono. Así de grande es el amor que me siento, que hasta morirme soy capaz de perdonarme.
Wednesday, July 29, 2015
De abajo para arriba
“Señora,
ahora por favor mire al frente y dígame qué letras ve, de abajo para arriba” –
Dijo el hombre de bata blanca que se paraba a su lado. Ella pronunció cada una
de las letras de la última fila con voz terciopelada, y él recorrió con la
mirada el trayecto de las sílabas que salían de una boca tan bella que merecía
ser un ojo. La señora que había ido a hacerse las gafas por quinta vez, fue
leyendo de abajo para arriba, en el sentido en el que crecían las letras, pero
increíblemente cada vez las leía con mayor dificultad. En la punta superior de
la pirámide se leía una única letra, la más grande, y ella no pudo decirle al
doctor cuál era. “No veo nada Doctor ¿qué pasó?”- Dijo la señora consternada y
ciega. -“Le escribí que la quiero, pero no hay lente lo suficientemente grande
para hacerle entender cuánto, si usted simplemente no quiere saber”. Nunca
mandó a hacer las gafas, ese día él se volvió los ojos con los que ella vería
el mundo para siempre.
Monday, July 13, 2015
Lo dificil, todo
Desde hace un par de semanas que lloro y cuando lo hago se me aparece una masa detrás de la garganta que se siente como una pepa de aguacate. En realidad es una pepa de aguacate hecha de aire, de un aire pesado y macizo como una pepa de aguacate. Se desparraman los ojos como dos hidrantes estrellados y la gente pasa, así como cuando se abren los hidrantes en las calles y lo miran y piensan "qué desperdicio" pero no llaman a los bomberos porque alguien más seguro ya los llamó y están en camino. Cuando se trata de los demás, la ayuda ajena siempre está en camino.
Desde hace un par de semanas que pienso en metáforas de aguacates e hidrantes y pienso también que tengo que pensar en cosas felices para hacer metáforas felices. Pero hasta lo evidente se me vuelve un algortimo complejo que no puedo decifrar cuando estoy así, y no puedo pensar en nada feliz aunque me lluevan sonrisas y sueños cumplidos. Lo más notable se vuelve indivisible, lo natural se torna aberrante y lo fácil ahora sólo es difícil. Algo tan simple como tomar una ducha es un esfuerzo porque me toca bajar los piés de la cama, prender las luces y abrir la llave mientras me desvisto y me siento la piel tibia como la sangre que fluye. Entonces me miro al espejo mientras me suelto la moña que me aprieta con fuerza el cabello y me alarga la cejas, y me digo con la voz que me sale por encima de la pepa de aguacate "Solo tienes que sobrevivir a este día. Sólo a este día y ya." A ese día lo recorto en pedazos más pequeños como si yo fuera mi propio bebe que necesita que le muelan la comida y le den la vida como si fuera una papilla desabrida y fácil de tragar. "Solo tienes que pasar esta hora. Son 60 minutos y no más". Y luego hago lo mismo con el siquiete pedazo.
La espantosa evidencia de que lo más fácil e inverosimil de la vida puede ser irrealizable de un momento a otro gracias a los maleficios de la mente, es una fuente de desesperanza primordial aún dentro de la felicidad.
Wednesday, June 24, 2015
De dónde viene
Voy a ser feliz cuando acabe el colegio y no tenga que ver más a la profesora de Biología. Estoy segura que cuando deje de congelarme en el paradero de la ruta en minifalda y medias blancas, la vida será maravillosa.
Pero, en la universidad también hay clase de 7, y me congelo en los salones llenos de gente que tiene cara de entender todo lo que yo no. Voy a ser feliz cuando acabe la universidad y no haya más parciales ni finales, ni tenga que cerrar los ojos antes de ver las notas para que todo pase más rápido. Cuando trabaje y me paguen, voy a dejar de tomar aguardiente y voy a tomar solo ginebra, de la cara, porque cuando trabaje la vida será maravillosa.
Pero, ahora salgo del trabajo los viernes y no quiero ir a tomar ginebra, quiero llegar a mi casa a una sobredosis de cobijas y Netflix. A veces los sábados me encuentro pensando en todo el trabajo que me espera de Lunes a Viernes de 8:00 a 6:00; y mis amigos de la universidad me dicen que ya nunca nos vemos, que no tengo tiempo ni ganas. Seguro que las tendré cuando me pensione. Para hacerlo necesito haber cotizado 1.300 semanas y llevo 116, ya casi, o bueno, no; pero mejor 116 que 0.
Voy a ser feliz cuando me pensione, estoy segura que sí, cuando me pensione la vida será maravillosa.
No importa donde esté parada, la felicidad siempre parece estar del otro lado.
Pero, algo pasó porque me desperté un día pensando que la felicidad no está en los planes que hacemos para la vida, ni en la ciudad donde vivimos, así sea Paris, o Nueva York, o Bogotá. No está en la gente que nos ama ni en la que no nos ama todavía. La felicidad no está en el cierre del dólar, ni al final del ahorro programado y segurísimo no está en el sobre del extracto de la tarjeta de crédito. No está en una sola cosa ni en la suma de las partes, no está en tener abdominales, ni carros o gatos, e increíblemente, no está adentro de las cajas de zapatos. La felicidad no está después de la vida, ni en el cielo ni en la biblia, ni en algún tipo de reconocimiento al sufrimiento. La felicidad no nace del contexto ni del entorno, no está afuera, no se puede coger un avión para llegar a ella. La felicidad viene de adentro, de las tripas, de las entrañas, del tuétano, unos dedos abajo del corazón. Ahí está y ha estado siempre, pero qué hacemos si simplemente no quiere salir, no puede o no se le da la gana. Ella, la felicidad, es como una perra loca que un día cualquiera, cuando menos lo esperas, te muerde. Te muerde, se sale de adentro por los poros, te contagia toda y no te deja en paz, y menos mal, porque si la dejamos ir, cómo la volvemos a poner ahí, adentro ¿Cómo?
Pero, algo pasó porque me desperté un día pensando que la felicidad no está en los planes que hacemos para la vida, ni en la ciudad donde vivimos, así sea Paris, o Nueva York, o Bogotá. No está en la gente que nos ama ni en la que no nos ama todavía. La felicidad no está en el cierre del dólar, ni al final del ahorro programado y segurísimo no está en el sobre del extracto de la tarjeta de crédito. No está en una sola cosa ni en la suma de las partes, no está en tener abdominales, ni carros o gatos, e increíblemente, no está adentro de las cajas de zapatos. La felicidad no está después de la vida, ni en el cielo ni en la biblia, ni en algún tipo de reconocimiento al sufrimiento. La felicidad no nace del contexto ni del entorno, no está afuera, no se puede coger un avión para llegar a ella. La felicidad viene de adentro, de las tripas, de las entrañas, del tuétano, unos dedos abajo del corazón. Ahí está y ha estado siempre, pero qué hacemos si simplemente no quiere salir, no puede o no se le da la gana. Ella, la felicidad, es como una perra loca que un día cualquiera, cuando menos lo esperas, te muerde. Te muerde, se sale de adentro por los poros, te contagia toda y no te deja en paz, y menos mal, porque si la dejamos ir, cómo la volvemos a poner ahí, adentro ¿Cómo?
Wednesday, May 20, 2015
¿Entonces?
Me despego la blusa de la espalda porque mi cabello mojado me la pegó toda, siento un frío fastidioso y una humedad incómoda. Voy al baño y empiezo a secarmelo suavemente con la toalla y veo por el espejo que él está sentado en el borde de la cama. Siguió discutiendo pero yo ya no lo escucho, debe estar diciendo lo que siempre dice, que soy una egoísta, que me gusta hacerme rogar y que el no está en condiciones para rescatarme más. Me concentro en los nudos de mi pelo que escurre agua en litros por segundo, y él se para de la cama, se hace detrás mío y me dice:
- Tu siempre has querido un super héroe y yo siento que ya no te puedo rescatar.
A la triangulación de nuestros ojos con el espejo se le suma un silencio profundo de esos que no se rompen con el ruido. Un perro ladra de fondo, los carros pitan abajo, el vecino de arriba está escuchando a Julito Deschamps, el reloj de la sala retumba y aún así estamos en un silencio rotundo.
- Tu siempre has querido un super héroe y yo siento que ya no te puedo rescatar.
A la triangulación de nuestros ojos con el espejo se le suma un silencio profundo de esos que no se rompen con el ruido. Un perro ladra de fondo, los carros pitan abajo, el vecino de arriba está escuchando a Julito Deschamps, el reloj de la sala retumba y aún así estamos en un silencio rotundo.
- Yo sé - Le respondo.
No se que más decirle, no quiero escuchar lo que me va a decir ahora y pienso en el acondicionador, en el olor de las flores y en el efecto de la inflación en los productos de belleza.
No se que más decirle, no quiero escuchar lo que me va a decir ahora y pienso en el acondicionador, en el olor de las flores y en el efecto de la inflación en los productos de belleza.
- Si no me voy ya te voy a odiar.
Lo dijo, y yo no pude evitar escucharlo.
Volteo y lo veo lánguido y expectante, como siempre. Lo veo igual a cuando lo conocí pero con un halo de tristeza que le inunda toda la cara. Un halo que no puedo evitar pensar, le regalé yo.
- Bueno. Haz lo que tengas que hacer.
- No me vas a decir nada?
- Y ¿qué quieres que te diga?
- No sé. Que te importa.
- Si te digo que me importa, ¿te quedas?
- No
- Y si te digo que me muero, ¿te quedas?
- ¿Te vas a morir?
-No.
- ¿Entonces?
- Entonces ¿qué?
- No me vas a decir nada?
- Y ¿qué quieres que te diga?
- No sé. Que te importa.
- Si te digo que me importa, ¿te quedas?
- No
- Y si te digo que me muero, ¿te quedas?
- ¿Te vas a morir?
-No.
- ¿Entonces?
- Entonces ¿qué?
Tuesday, April 21, 2015
Otro abrazo
Así me siento 99.9% del tiempo: abrazando a alguien que no está. Qué le vamos a hacer, que otra cosa hago que no sea pensar que estoy abrazando un cúmulo de estrellas. No se quien está al otro lado de mi abrazo. Se me ocurren que son todos los que me faltan organizados en forma de constelación, mi papá, ese futuro alguien, las empleadas del servicio, Dios, mi único intento de gato, todos son estrellas de Libra, la séptima constelación del zodiaco. Ese abrazo me llena de nada y me llena de todo, me hace llevarlos conmigo aunque nunca vaya a ninguna parte.
Monday, March 16, 2015
A Tito Rojas Song plays in my Heart

Me gusta el olor a tierra caliente. Ya sé que la temperatura no puede oler a algo, tal vez es sólo el recuerdo de un olor cuando bajaba la ventana del carro durante los viajes en carretera y sentía la piel de mi cara como si me hubiera asomado al fogón. Es el recuerdo de un olor a lluvia trasnochada con plátano y flores. Los olores son una cosa loca de describir, tan fácil es sentirlos cómo dificil es hablarlos. No sé explicar bien a qué me huele la tierra caliente pero es un olor agradable porque viene adjunto a uno de los recuerdos más bellos de mi vida. Es el recuerdo de bajar la ventana mientras papá manejaba y sin soltarle la mano a mamá, le cantaba esa canción de Tito Rojas que dice:
"Con defectos y manías yo la quiero solo mía, moriría si me falta algún día.
Es mi mujer que puedo hacer, yo la elegí una entre mil y así la quiero,
Es mi mujer qué puedo hacer, tan especial que nunca nunca habrá otra igual"
La segunda estrofa papá la cantaba con cara de pánico::
"Quien la ama he sido yo
Cuando esta sin maquillaje"
La segunda estrofa papá la cantaba con cara de pánico::
"Quien la ama he sido yo
Cuando esta sin maquillaje"
Mamá se reía y yo, volteaba los ojos indignada. Luego me asomaba a la ventana, ponía mi cara al fogón y sentía el viento olor a lluvia, plátano y flores. Volvía mi cabeza al carro y encontraba a mi hermano durmiendo sobre la almohada que estaba en mis piernas. Guardo el recuerdo del pelo corto y liso de mi hermano, de mi mamá con el saco todavía puesto cuando ya íbamos llegando a Melgar y de la horrorosa balaca deportiva color blanco que llevaba mi papá en la cabeza, recuerdo su bigote, su voz. Recuerdo mirar a las montañas y pensar que estaba en el mejor carro del mundo escuchando la mejor música jamás escuchada. Recuerdo también mis medias blancas de margaritas tejidas que me dejaban una sombra roja en la piel, recuerdo todo, todo lo que extraño. Guardo dentro de mi el recuerdo del olor a tierra caliente, que me gusta tanto, tanto, que cada vez que me lo encuentro, me arden los ojos, me da un huelco el estómago y siento que es el único olor que mataría por respirar.
Aterrizar

Me subo al avión y me doy cuenta de lo mucho que
han dejado de parecerme naves espaciales con el tiempo. Después de volar en varias ocasiones durante más de 15 horas seguidas, cada vez me siento más en un
bus y no en una película de Star Treck. Busco un lugar en el gabinete superior
para mi equipaje de mano y pienso con melancolía ajena (porque tengo apenas 20
años) en la época dorada de viajar, cuando la gente se ponía su mejor traje,
ellos venían de corbatín y ellas de vestido largo a tomar champaña y comer
langosta en un viaje local de menos de dos horas. Ahora todo es distinto, no
necesariamente peor sino sólo distinto. Ahora es mucha más la gente que puede volver
a su casa o huir de ella de forma casi rutinaria. Independientemente de que
vaya en jeans y comiendo un sándwich de cartón, pienso mientras me abrocho el
cinturón que me gusta mucho esa sensación de moverme en quietud, de saber que avanzo
por los aires a miles de kilómetros por hora sin mover un dedo. Así vaya en un
bus, me encanta la sensación de volar porque realmente no se siente, sólo se
sabe. Me hago más consciente cuando subo la ventana de plástico y veo ese cielo
infinito que no contiene ni significa nada en realidad, es un cielo vacío que
le da a uno la sensación de no estar en ningún lado. Es en ese andar sin
moverse a través del cielo vacío cuando uno deja de reconocerse y se da cuenta
de lo mucho que viajar transforma. Pero nunca nos transforma en otros, porque mientras
desconocemos quienes éramos en la pista de despegue, sentimos que encajamos
mejor en la propia piel. Es como si la tierra nos alejara de nosotros mismos, y
al viajar nos olvidáramos de todo eso que nos aleja para poder volver por fin a
nosotros. Viajar es un eterno retorno. Qué curioso tener que irse para poder
volver a uno mismo y qué extraño que apenas uno llegue a su destino, que apenas
uno se encuentre, tenga la añoranza de querer regresar. Extrañar como loco su
cama, la primera imagen de su techo al despertar, el mismo cielo de siempre, su
gente, su sazón, su tierra, pensar solo en volver a ese lugar así uno se sienta alejado, alienado, desencajado
de su propia piel.
Wednesday, January 21, 2015
Excusas
Ayer tenía que bajar para que firmaras la tarjeta de cumpleaños para una compañera, excusa.
Antes de ayer dije que bajaba para no morirme del frío y caminar me calienta, excusa.
Hoy dije dizque tenía que ir a revisar unos papeles en el puesto al ladito del tuyo, excusa.
La excusa de mañana la tengo calientica en la cabeza. Voy a decir una excusa irrefutable, una excusa que le despeje el camino a mis pupilas para mirarte y reconocerte entre la gente como si se supieran las formas de tu sombra.
Mañana les diré a todos una excusa. Les diré que bajo a verte, y eso no es más sino una fachada para el hecho de que quiero verte mucho. Bajaré con la excusa de visitarte y no la de besarte. Será una excusa tan buena que nadie se va a dar cuenta que en realidad no quiero coquetearte sino hacer que te enamores de mi. El juego no es más sino una excusa para el amor, así no lo sepan ellos ni lo sepas tú y yo, acá escribiendo, apenas me esté enterando.
Esa es la excusa de mañana, la de simplemente ir a visitarte. Después pensaré las demás. Hasta que llegue el día de no pensar, de olvidarnos de las excusas y decirnos entre la gente, entre los prejuiciosos y los metidos, que no se necesitan excusas para quererse, para amarse, porque el amor de por sí es una excusa.
Es la excusa para vivir.
Los desaparecidos
Me imagino que los miedos son como telarañas que se tejen solas, y si no las quitas crecen hasta invadirte el cuerpo y el alma. Hay telarañas pegachentas que aún cuando intentas quitarlas se te quedan en los dedos, así como esos miedos que se rehusan a dejarte por más que a cada rato los mandes a la verga. La vaina con las telarañas, cuando no hay tequila y no hay nada salvo ellas y nosotros, es que son tantas y tan fuertes que llega un momento en el que no nos dejan mover. Así son los miedos, se vive con ellos hasta que se empieza uno a morir con ellos. A morirse de quietud.
Qué susto, qué miedo y qué angustia, sentirse así, amarrado por hilos que hieren en todas partes y de los que no te puedes zafar. El miedo al miedo también es una telaraña ni la hijuemadre.
Mis telarañas son muchas, demasiadas para alguien de mi edad. Todavía corro entre la oscuridad hasta el interruptor sin respirar. Me da miedo caminar cerca a casas que tengan rejas porque pueden tener perros de esos que se asoman de repente y te dejan con el alma en el piso de un ladrido. También me da susto la carne de Mc Donalds, el oscuro mundo de los taxis y los pedicures. (Sólo para que quede registro, si me hago el pedicure, sólo mi papá me puede cortar las uñas de los pies). Esas son algunas de mis telarañas, y eso que no he pasado por las típicas de las ratas y las alturas, pero tampoco entraré en muchos detalles sobre las cosas pequeñas que me aterran, como los lentes de contacto.
Recuento telarañas y telarañas personales, pero si esas son las mías, cada uno tiene las suyas. Este no es un concurso o una competencia sobre quien es el más aculillado. Cada quien tiene su raye y de las telarañas que se tejen solas nadie queda nadie ileso. Nuestras telarañas no nos diferencian, nos unen por más distintas que sean entre ellas.
Todo esto es una disculpa por decir que siento que tengo una telaraña del tamaño del mundo, asfixiante y ensordecedora, un miedo horrible, presente y que me agarra dormida hasta que me deja frente a un blog para poder mandarla a la verga con palabras escritas. Ya sé, todos tienen las suyas, no quiero decir que soy la única con miedos como telarañas, pero soy egoísta y solo quiero hablar de mi. Le tengo pánico físico y palpable a los desaparecidos, bueno no a la gente que ha desaparecido sino a la posibilidad de que alguien desaparezca. Un día ver a alguien que amas salir de casa, darle un beso rápido en la mejilla, no darle un beso y decirle "Chao" desde el segundo piso, y ya. Que no haya más historia que contar, ni tragedia que llorar otra diferente a la del no saber. La gente no desaparece como el humo de la chimenea en el aire, las personas no nos desintegramos así como así, pero si nos hacen desaparecer, como el humo, como si la materia si pudiera desintegrarse.
Por eso es que cada vez que escucho esa canción de Rubén Blades a manos de Maná, se me cierra el pecho con doble tranca, candado y cadena. No puedo cantarla, no puedo tararearla, no puedo hacer otra cosa que no sea imaginarme cada uno de los desaparecidos de los cuentos del salsero. Me imagino sus caras o peor, le pongo la cara de alguien a quien conozco, y no puedo hacer otra cosa que escuchar y sentirme atada. En un país de miedos, donde la gente se desintegra por arte de magia es imposible no sentirse por siempre amarrada por una de esas telarañas que matan de quietud.
Friday, January 9, 2015
Romance incorregible
La culpa es de la abuela, con su tejido, su caleta de chocolates y sus novelas de la tarde.
La culpa es de esa viejita dulce y mamona; la que acolitaba que me subieran el almuerzo en vacaciones a su habitación, para quedarme toda la tarde viendo las novelas juntas.
Velo de novia, María la del Barrio, El juego de la vida, Rubí, El precio del silencio.
Novelas y más novelas. Protagonistas pobres y buenas, en una correlación que tal vez implique causalidad. Antagonístas de pelos llenos de laca, en batas de seda y nombres de resonancia malévola.
Novelas y más novelas. Protagonistas pobres y buenas, en una correlación que tal vez implique causalidad. Antagonístas de pelos llenos de laca, en batas de seda y nombres de resonancia malévola.
Todas esas novelas me dejaron recuerdos pero sobre todo, me dejaron problemas. Disonancias entre la vida real y la pantalla, entre las expectativas y la realidad, entre las canciones de Lerner y el silencio. Si, Lerner porque las novelas de media tarde, además de la psiquis, también afectan al paladar del oído.
Novelas que me hacían llorar a los 11 años porque la protagonista se había quedado inválida, sólo pueden traer dificultades en la vida, y en el amor. Todo siempre tiene que ver con el amor y por lo tanto todo siempre tiene que ver con todo.
Novelas que me hacían llorar a los 11 años porque la protagonista se había quedado inválida, sólo pueden traer dificultades en la vida, y en el amor. Todo siempre tiene que ver con el amor y por lo tanto todo siempre tiene que ver con todo.
Hace muchos años no veo esas novelas venezolanas, mexicanas y colombianas que tienen protagonistas sufridos y con tres nombres, en una correlación que tal vez implique causalidad.
Pero la abuela sigue ahí con su tejido, con lo mamona, con las novelas, y yo sigo aquí con mi problema.
No es un problema fácil, pero tampoco es grave. Creo que a todos les pasa lo mismo, pero el problema es que yo lo sé, el problema es que lo noto.
Veo que la gente no se enamora de la gente, veo que la gente sólo quiere ser amada y esa es la excusa para amar. Suena cursi y fatalista, obvio, viene de mi, veo novelas de media tarde desde antes de saberme las de multiplicar. De verdad siento que tengo la razón. Siento, sé, qué más que amar estamos enamorados de la idea de ser amados. Por eso uno puede ver a un extraño en Transmilenio, a un desconocido en los pasillos de la universidad, a un trabajador de la planta en un bingo y enamorarse desde el primer momento, enamorarse del deseo de que ese aparecido nos ame. Porque, aunque nada haya pasado en la realidad, ni siquiera haberse escuchado mutuamente el 'hola', en las novelas de la mente ya ha pasado de todo. Y es que al final, los protagonistas se ven tan felices siempre, que ¿quién podría evitar enamorarse de ese amor? Nadie. Nos tragamos de ese amor y le cambiamos la máscara durante todos estos años por diferentes caras de diferentes hombres.
La gente es complicada, el amor no. La gente es injusta y dañada, el amor nunca. Por eso es que nos enamoramos más de la idea de ser amados que de cualquier persona. Amar a una persona con todo lo que ella es, con las manías, los juicios, los olores y defectos de carácter es muy jodido. Qué difícil es amar a una persona toda entera y que fácil es amar la idea del amor, sin personas de por medio. Lo digo hoy que lo tengo a mi lado, que me escribe cartas y me besa en secreto, y siento que empiezo a amarlo ya. No al hombre, sino al amor que me da. Estoy enamorada del amor y no del hombre, como tiene que ser, para buscarlo en otras fuentes el día que el hombre se me acabe, porque el amor me alcanzará por siempre.Sunday, January 4, 2015
El penúltimo
Miro para los lados cada vez con menor disimulo, tu me miras a mi mirar a todos lados porque me crees. No viene ninguno de los enemigos en nuestra lista negra. Nos tomamos de las manos, siempre igual de frías. Vamos mi amor, por el caminito que ya conocemos, serán 5 minutos antes de que vuelvan a extrañarte donde deberías estar. Me encanta que estés donde no deberías estar y con quien no deberías estar. Me encanta cuando desobedeces a los demás para obedecerme a mí, me da una idea de cómo te sientes. Nos quedamos unos minutos contra las paredes, con tu nariz en mi pelo y me preguntas por quinta vez ¿a que olés? A vainilla mi cielo, a vainilla para ti. No puedo pasar mis dedos por tu pelo porque usas ese mazacote que detesto, entonces sólo los entretengo como puedo. Sabemos que estamos en un edificio lleno de gente pero sólo existimos los dos. Yo que nunca supe quedarme en ninguna parte, yo que sólo me sabía ir, me quedo ahí y no tengo intención de marcharme. Corremos muertos de la risa entre las máquinas que funcionan y cubren el sonido de los besos, de los te quieros tan dulces que te salen, de cuando me llamas 'caprichosa' y te sale aún mejor. Nos escondemos en los rinconcitos como niños que juegan, como niños que se esconden, como niños que se aman.
Entonces como el tiempo nos está cayendo encima, nos persigue como si fuéramos Montesco y Capuleto, me dices "El último" y me besas decidido, pero yo te esquivo y te miro. Te miro con una ceja en las nubes y te digo "No." La primera vez te asustaste y pensaste que algo andaba mal, pero después aprendiste a sonreír en ese momento. Tu sonrisa en ese momento es lo que formaliza el ritual. Te digo "El penúltimo" devolviendo la sonrisa, porque el último lo dejamos para después. Dentro de 1.500 años me parece un buen después.
Me encanta que estés donde no deberías estar y besando a quien no deberías besar.
Me imagino indefinidamente que seguimos viviendo un amor de penúltimos besos, en un lugar donde solo existimos los dos, donde el último beso no nos encuentre nunca , pero nunca nunca, mi amor.
Saturday, January 3, 2015
Creer
Recuerdo que de muy pequeña tenía la costumbre, antes de quedarme dormida, de mandar un beso al cielo. Lo mandaba con los ojos cerrados, sonaba y era para Dios. Más grande, le decía cosas de mi vida como si él no supiera o no me hubiera visto todo el día y cuando no quería explicarlo todo decía "Ah, pues, tu ya sabes". Todavía más grande empecé a hablarle sólo con llanto, cuando no entendía nada, cuando sin poder cerrar la garganta le preguntaba con la mente, ¿dónde estaba? ¿por qué a mi? y ¿a quién le había mandando entonces todos esos besitos hasta el cielo? y luego con el tiempo, nos dejamos de hablar por completo.
Mi ateismo era una cosa seria. No era tanto el no creer más que el no querer creer, combinado con un fastidio absoluto hacia las misas, la parafernalia, los cultos, los libros con mensajes divinos, la Rosa de Guadalupe en RCN, y todo, todo lo que pretendiera tener la razón. Todas esas personas y religiosos creían en algo en lo que yo no quería creer, porque ellos decían que había un Dios que todo lo podía, que no conocía ningún imposible, y yo me preguntaba cómo podía alguien.. cualquier persona, ser, luz, paloma... ser capaz de ver tanto sufrimiento, tanto miedo, tanta angustia, tanto inocente desaparecido, tanto bebé en la basura, tanto indígena con desnutrición, tanta mujer violada, tanto cancer, tanta droga, tanta mierda y tantísimo asco, y no aparecerse. No venir a usar sus poderes para el bien mientras yo me hundía en impotencia. Si ese era Dios, yo no quería nada con el. Prefería creer en la nada.
Aunque duró, no fue tan simple. Si creer es complicado, dejar de creer no es más sencillo. Era yo contra el resto del mundo en los momentos de angustia, cuando sentía que me iban a robar, cuando veía en los postes de la luz fotos de desaparecidos que se veían como mi familia, cuando prendía el noticiero y anunciaban un nuevo accidente de borrachos, o incluso, cuando Santa Fe botó ese penal. Entonces lo entendí y así lo he estado entendiendo desde entonces. Yo no creo porque este de acuerdo, ni creo porque tenga sentido, no creo porque crea, creo porque lo necesito. Yo no creo en su Dios, ni en su otro Dios, yo creo en el mío. Me inventé mi propio Dios en el cual creer, uno del cual me siento orgullosa y no necesito que nadie más le siga, él y yo tenemos lo nuestro y eso es lo que importa.
El fondo
Todos mis fondos de pantalla de todas mis pantallas, son de París. Es un lugar común, lo sé, porque hasta una foto de una alcantarilla de esa ciudad sería digna de postal. Pero cómo no tener una foto de La Ville Lumière, si amo los techos de los cafés en los andenes, amo los puentes pequeños sobre el Sena, los que nadie sabe como se llaman, amo los rinconcitos, las minucias, los recortes de la ciudad que tiene paisajes de página principal. La única vez que quise cambiar una foto de París fue por una tuya que tengo en mi celular. Estas con esa camisa de cuadros que te pusiste en nuestra tercera cita y media (ya llegamos al acuerdo de que lo primero no fue una cita, fue una mitad de algo, que no sabemos qué). Estás haciendo tus ojos de visco y yo estoy encima de ti entonces se ven las esquinas de mi pelo largo en el borde de la foto. Esa foto me encanta, casi tanto como París, así.
Es una foto de postal. Una postal con una leyenda que diga que no importa cuantas veces te hayas quebrado, siempre hay un nuevo lugar por el cual resquebrajarte, pero también siempre hay quien esté dispuesto a llenarte las grietas de amor. Bueno, probablemente nadie compraría esa postal. Salvo tu y yo. Tú y yo la compraríamos para ponerla como fondo. Como fondo a nuestra vida, y si pudiera empapelar el cielo con esa foto no estaría acá escribiendo sino que estaría buscando una escalera.
No te lo digo porque no me gusta decirte nada, me gusta que nunca sepas lo que pienso, me gusta ganarte en conocerte más de lo que tu a mí. Pero si te dijera todo esto terminaría por decirte que de todos mis fondos tú eres mi favorito, eres el que toqué para resurgir, el que me impulsó a la superficie, el fondo de mi vida aunque el de mi computador siga siendo París.
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